La voracidad publicitaria del Ejecutivo de Nuevo León alcanzó un nuevo hito de desfachatez. En un acto que evidencia la escala de valores de la actual administración, la explanada exterior de la Cineteca estatal amaneció convertida en una plataforma de propaganda del “Gobierno Naranja”. La estructura publicitaria de color chillante fue colocada justamente en el emplazamiento que ocupaba una pieza escultórica internacional, confirmando que para el equipo del mandatario estatal el marketing político está por encima del acervo cultural de los regiomontanos.
El espacio invadido por la cartelería oficialistia no era un rincón sobrante dentro del Parque Fundidora. Durante años funcionó como el punto de exhibición de “Atlas Melody”, una valiosa obra en acero inoxidable firmada por el reconocido creador norteamericano Brad Howe. La llegada de esta pieza a la capital de Nuevo León fue el resultado directo del trabajo de Alejandra Rangel, destacada figura que presidió el Consejo para la Cultura y las Artes (Conarte) y cuya labor permitió dotar al recinto cinematográfico de un entorno estético de primer nivel.
El vaciamiento sistemático del entorno cultural
La desaparición de la obra de Howe no constituye un hecho aislado ni una ocurrencia de último momento. Desde 2023, la comunidad artística venía observando con preocupación cómo la zona exterior del complejo cinematográfico perdía progresivamente su patrimonio. En aquel periodo se ejecutó el retiro de piezas clave de la Pinacoteca del Estado, firmadas por maestros de la talla de Federico Cantú (“Homenaje a Porfirio Barba Jacob”), Sebastian (“Columna quebrada”) y trabajos de Fidias Elizondo.
A este desmantelamiento se sumó la devolución obligada de obras pertenecientes a los artistas Jorge Elizondo, Alberto Vargas y Sergio Galán, las cuales se encontraban bajo la figura de comodato. Sin embargo, lo que la comunidad no anticipaba era el destino final que la administración le daría a estos espacios: en lugar de resguardar o renovar las exposiciones al aire libre, las autoridades prefirieron sustituirlas por tótems publicitarios con la figura del león “fosfo”.
La emblemática creación de Howe, cuyo valor en el mercado internacional se calcula en alrededor de 400 mil dólares, terminó relegada a un predio secundario dentro de Fundidora, confinada a la zona posterior del área canina.
Indignación en la comunidad y denuncias de despotismo
La imposición de la estructura propagandística de Samuel García desató severos cuestionamientos por parte de intelectuales y creadores locales. Entre las voces más contundentes destaca la del cineasta y editorialista Andrés Clariond Rangel, hijo de la difunta promotora cultural. Clariond Rangel calificó la intervención estatal como un reflejo del “gusto superficial” que caracteriza la gestión pública contemporánea en la entidad.
De acuerdo con sus declaraciones, el hecho de tapar una plaza dedicada al arte con publicidad del gobierno demuestra la prioridad absoluta que se le da al espectáculo y al autobombo. El realizador fue más allá al señalar que la responsabilidad principal de este atropello patrimonial no recae de forma exclusiva en la Secretaría de Cultura, sino en la dinámica autoritaria del mandatario. Según sus palabras, la conducta despótica del Gobernador y el constante maltrato hacia sus colaboradores han generado un ambiente de sumisión donde ningún servidor público se atreve a objetar las decisiones del Ejecutivo.
La marca personal por encima del interés público
La conversión de la explanada en un escaparate partidista consolida un estilo de gobernar centrado en la saturación visual y la mercadotecnia política constante. Mientras la ciudadanía demanda soluciones urgentes a los problemas estructurales que aquejan a la entidad, el aparato estatal enfoca sus esfuerzos en colocar su identidad gráfica en cada rincón disponible.
El retiro de la pieza de Brad Howe para colocar propaganda gubernamental deja un precedente nefasto para la gestión del patrimonio en Monterrey. Cuando los espacios dedicados a la sensibilidad artística terminan subordinados a la imagen de un político, la cultura deja de ser un derecho ciudadano para convertirse en un accesorio más de la campaña permanente.
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